NOTAS DE CLASE
- “Schnaith : El fotógrafo termina por crear no lo que ve, sino una visión en lo que ven”
- Nace en Buenos Aires (Argentina) en 1937 y muere en Barcelona en el año 2009.
- De familia muy pobre, casi todo su trabajo lo realizó en Barcelona.
- De joven vende una bicicleta que le habían regalado los padres, para apuntarse a dar clases de fotografía.
- Practica la pintura hasta el año 1968 y cuando decide pasarse a la fotografía, rompe todos los cuadres que había pintado hasta entonces.
- Se paso a la fotografía, porque decía que era lo que mas lo acercaba a su pasión que era el cine.
- Se compra una cámara ARGUS de 35 mm con la intención de hacer fotos como las que veía en las películas de Ingmar Bergman.
- Se casa con Maria Helguera, a la que hacia un retrato y que mientras posaba, cogio su pipa y se puso a fumar con ella, y diche Humberto Rivas que eso lo engancho a ella.
- De ideas izquierdistas, tuvo que huir de Argentina por la represión fascista, y se traslada a Barcelona.
- En estos años se dedica a la fotografía profesional, aunque nunca firmaba sus obras, decía que su obra era la de autor, no la comercial.
- Tiene influencias de Anatole Sanderman.
- En 1996 obtiene el premio de las Artes Plásticas de Cataluña, y en el año 1997 el Premio Nacional de Fotografia.
- NORTE
- Sus primeros trabajos los desarrolla en el norte de Argentina, y como todo el que empieza lo fotografía todo con pasión, pero sobre todo a los artistas de esa zona a los que conocía.
- Piensa que la estética por si misma es algo vacio y sin interés.
- PAISAJES
- Trata de plamar la melancolía y el paso del tiempo, con un estilo secillo sin estridencias.
- Las fotos que hace no son casuales, ya que trabaja con cámara de placas lo que supone que hay que planificar la toma antes.
- Las fotos tienden al negro, y muestra un dominio del sistema de zonas, que afecta tanto a la toma como al propio revelado.
- En sus fotos no aparecen personas, pero se intuye que en el mismo ha habido gente.
- Solo hizo en su vida 8 fotos en color.
- Al estar trabajando en el ámbito comercial, hacia las fotos los sabados y los domingos, bien al amanecer o al atardecer, y esperando la hora mas adecuada.
- INTERIORES
- Fotos hechas con Hasselblad en interiores, que parecen bodegones de casitas de juguetes.
- Dice “Cuando no consigo algo no le echo la culpa a nadie, es por culpa de mi incapacidad”
- PASION
- Dice que para llegar a ser un gran fotógrafo, no basta con querer serlo, hay que tener autentica pasión.
- Usaba una cámara LINHOFF de 9×12 que se puede plegar para transportarla mas fácilmente.
- El se encarga de hacer las copias de las fotos, y cuando seleccionaba una hacia 4 o 5 copias iguales en el mismo momento.
- BODEGONES
- Si se quieren hacer buenas fotos hay que estudiar a los maestros.
- RETRATOS
- Los retratos no tienen fondos, es un fondo neutro, para centrar todo el interés en el fotografiado.
- Aquí son personas sin paisajes, al revés que en sus fotos de paisajes, que eran paisajes sin personas.
- Dice que en una foto de retrato, se desata una guerra entre el fotógrafo y el modelo, en la que debe salir ganador el fotógrafo.
- En el retrato la persona sabe que le vas a fotografiar, en el paisaje no. Por otro lado la foto de retrato hay que enseñársela luego al retratado que puede dar su opinión, en la foto de paisaje esto no sucede por supuesto.
- Hace retratos de gente de espaldas
- Elegia a los modelos cuando los veía y le subyugaban por algo especial que tenían.
- PERROS
- Para retratar a los perros usa la misma técnica que para fotografiar a las personas.
- COLOR
- Usaba diapositiva CIBACHROME.
- Muere en Barcelona en un geriátrico con Alzheimer.
OTRAS ANOTACIONES
Esta semana se ha inaugurado la exposición ‘Humberto Rivas’ en la sala Fundación Mapfre Bárbara de Braganza. Es una retrospectiva del fotógrafo hispanoargentino que recibió el Premio Nacional de Fotografía en 1997. En ella nos encontraremos un trabajo dedicado al retrato y al paisaje donde la luz es solo una ilusión.
Humberto Rivas tiene un estilo personal. Saca luz de las sombras. En sus exquisitos positivos se ven más matices del negro que del blanco. Me imagino que será una pesadilla publicar sus fotografías plagadas de sombras (las reproducciones de prensa son excesivamente claras). Por eso es una suerte poder contemplar sus trabajos en la Fundación Mapfre. Y como es norma de la casa, copias vintage para entender exactamente cómo veía el autor su propio trabajo. Tiene un valor incalculable para entender la forma de mirar de Humberto Rivas.
No es un fotógrafo espectacular. No trabaja con grandes formatos aunque disparaba con cámaras de placas. Pero si somos capaces de adentrarnos en su particular mundo nos daremos cuenta de que estamos ante un fotógrafo único y personal. No marcó una época dentro de la fotografía española pero no podemos dejar de mirar sus disparos certeros en la penumbra.
Humberto Rivas. De la pintura a la fotografía
De nuevo nos encontramos con un autor que fue pintor antes que fotógrafo. Allá, en Argentina empezó con la pintura. Incluso ganó premios y uno de sus dibujos está en el MOMA de Nueva York. Pero pasará a la historia por la fotografía. Como afición formaba parte de un grupo fotográfico que seguía las ideas de Otto Steinert sobre la subjetividad de la imagen.
La fotografía no representa la realidad, sino la forma de ver la realidad de cada uno. Al fin y al cabo, la forma de pensar el mundo. Y Humberto Rivas no abandonó jamás esta forma de trabajar. Es increíble como, a lo largo de la retrospectiva no vemos un cambio en la forma de mirar. Empezó con unos principios que mantuvo hasta el final.
En 1972 realizó un viaje con su mujer que daría lugar a su serie ‘Norte’. Y ahí es donde aparecen la esencia de sus retratos, sus paisajes rotos y esa luz que nunca abandonó. Y en 1976 todo cambió para seguir igual. Llegó a Barcelona con su familia y contactó con los fotógrafos que bebieron de la fuente del grupo Afal y estaban dispuestos a decir cosas distintas, lejos de la fotografía documental con la que los maestros habían abierto el camino en España.
La fotografía de Humberto Rivas en España
Todos giraban alrededor de la galería Spectrum y su fundador, Albert Guspi. Allí estaban Toni Catany, Manel Esclusa, Joan Fontcuberta, Pere Forminguera…. Y en Barcelona, inspirado por el aire renovador de aquellos años, llevó su forma de mirar al nivel que podemos contemplar en la exposición.
Empezó con el blanco y negro por la calidad tonal que podía conseguir en el laboratorio. En los años 80 empezó a experimentar con el color gracias al proceso Cibachrome, que permitía pasar a papel las diapositivas en una superficie metálica única y durarera. El uso del color fue quizás el mayor cambio en su estilo. Pero un color muy parecido al blanco y negro, donde ningún tono destaca y donde todavía domina la luz perdida del amanecer o las últimas horas de la tarde.
La melancolía, el reflejo del paso del tiempo y la luz son sus señas de identidad. Y sus retratos no son distintos. Solo cambia la luz que los ilumina. Y no son rostros perfectos. Son verdaderos, con las marcas del paso del tiempo y de la experiencia. En la mayoría de los casos con un fondo neutro como podemos ver en Avedon si tuviera la mirada de Diane Arbus.
La exposición en la Fundación Mapfre
Humberto Rivas murió en 2009. Desde entonces no hemos visto una retrospectiva de su trabajo como la que podemos disfrutar en Madrid hasta el 5 de enero de 2019. En las dos plantas de la sala (todavía recuerdo la antigua sede de la zona de Azca) tendremos la ocasión de descubrir una mirada única, donde descubrir las influencias de los grandes maestros norteamericanos del retrato y esa luz que solo podíamos ver en las pinturas de Magritte. Esas luces tenues envueltas por la noche oscura que tanto intrigan.
Son 180 fotografías que van de los primeros trabajos hasta 2005. También podemos contemplar numeroso material de archivo. Todo viene del Archivo Humberto Rivas y de los museos y colecciones que albergan su obra: MNAC, IVAM o MNCARS. Es una ocasión única para ver todo su trabajo organizado de forma cronológica. Es uno de los mejores ejemplos de la fuerza que tiene creer en una forma de trabajar y profundizar en ella hasta el final de tus días.
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La exposición de Humberto Rivas aborda el trabajo del artista a lo largo de toda su trayectoria, que comprende desde los años sesenta del siglo XX al año 2005. Rivas es un autor fundamental para el desarrollo de la fotografía en España a partir de la primera mitad de los años setenta, cuando llega a Barcelona procedente de Argentina, pues con él se produce una renovación de la fotografía, que entra en el campo de las prácticas artísticas.
Se presenta cronológicamente una parte de su producción procedente del Archivo Humberto Rivas (Barcelona) así como de las principales colecciones y museos del Estado Español que albergan obras en sus fondos: MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya), IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), MNCARS (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía), Fundación Foto Colectania, etc.
Rivas tuvo siempre tuvo una visión de futuro para su obra: cada vez que seleccionaba una de las fotografías hecha con su cámara tenía la costumbre de positivar inmediatamente varias imágenes. Esto nos permite contar para la exposición con copias originales de época hechas por el artista.
La producción fotográfica de Humberto Rivas se enmarcaría en diferentes géneros fotográficos, según la historiografía de la época, aunque él nunca se sometió a esta clasificación, y es de esta concepción de donde arranca su aportación a la renovación de la fotografía española. Sus personajes que, de igual modo que los paisajes de la ciudad, según le gustaba decir, “me eligen para ser registrados por mi cámara”, atienden a una particular contradicción. Paisajes sin personas y personas sin paisaje; o lo uno o lo otro: nunca juntos en una misma imagen. Somos nosotros, al mostrar su obra, los que insertamos unos en los otros porque parece ineludible esta unidad que él trata siempre de separar. Por ello la exposición muestra un resumen de sus planteamientos conceptuales sobre el sujeto y sobre la ciudad en un continuo que se parece más a lo que captamos en nuestro deambular por la vida.
Sus fotografías ofrecen un trabajo extremadamente descriptivo, pero a la vez extremadamente analítico y sin embargo, muy misterioso. En su trabajo no hay lugar para la anécdota o el incidente. Para Rivas la poesía era el arte más cercano a la fotografía; así, su obra se alía con el sentimiento de soledad produciendo un desconcierto que seduce al espectador.
En sus imágenes sobre la ciudad nos muestra ésta más como estructura que como teatro de la escena humana. Se detiene en los espacios habitados por las sombras: son sus preferidos, porque constituyen ausencias muy presentes en su particular disección de la ciudad.
A su vez, lleva hasta el límite el arte del retrato. La obsesión por determinados personajes, algunos totalmente desconocidos, que se le aparecían como modelos de su obra, le llevaba a acercarse a ellos de manera casi compulsiva hasta conseguir su retrato, su fotografía, de la forma en que él ya la había imaginado interiormente. Como consecuencia, en sus retratos encontramos también un tiempo acumulado: no hay instante decisivo.
La exposición incluye en torno a doscientas fotografías. Los formatos van desde el que era su formato más tradicional, 26 cm x 26 cm, hasta los polípticos compuestos de 9 fotografías de 38,3 cm x 38,3 cm cada una.
Un buen día de 1968, sin saber por qué, el argentino Humberto Rivas decidió dejar de pintar, y eso que le iba bien, como él mismo reconocía. A partir de ese momento, Rivas, nacido en Buenos Aires, en 1937, se centró en la fotografía, a la que ya había dedicado parte de sus afanes creativos. De la obra que desarrolló desde entonces hasta su fallecimiento en Barcelona (2009) dedica la Fundación Mapfre, en Madrid, su mayor retrospectiva, del 21 de septiembre al 5 de enero de 2019.
De la exposición, formada por unas 180 imágenes, todas copias realizadas por el propio autor, destacan sus intensos retratos, duros, a menudo frontales, a veces primeros planos y siempre en blanco y negro, que muestran a la persona en toda su crudeza. Rivas los planteaba como una batalla con el fotografiado, decía, para mostrar su lado oculto, «desde el respeto, pero sin fotogenia», ha explicado en la presentación de la muestra su comisario, Pep Benlloch. Este fue asistente ocasional de Rivas en aquellos procesos: «Humberto se iba fijando en personas que le llamaban la atención. Luego se ponía a hablar con ellas una hora… pero no les decía a qué se dedicaba. Cuando ya había confianza, les pedía retratarlos, entonces sacaba el equipo o los llevaba al estudio».
Rivas vivió poco más de la mitad de su vida en su país. En Buenos Aires montó su primera exposición de pintura, en 1958, y al año siguiente repitió con una de fotografía. En 1962 le propusieron dirigir el departamento fotográfico del prestigioso centro de arte Instituto Torcuato Di Tella, en el que retrató a las grandes personalidades de la cultura argentina, incluido Jorge Luis Borges, o al que consideraba su maestro, el fotógrafo ruso Anatole Saderman. Cuando la realidad se puso turbia, se marchó para recalar en Barcelona con su esposa. En la España que salía del franquismo tuvo noticia del golpe militar en Argentina.
La muestra Humberto Rivas dedica precisamente uno de sus bloques a la ciudad catalana. De ese periodo, entre otros retratos, sobresale la serie de seis fotos que hizo al travesti Violeta la Burra, personaje carismático de la noche barcelonesa. Benlloch destacó que este conjunto no se ha mostrado antes, y que fue excepcional porque Rivas «trabajó repetidamente» con La Burra, algo que no salía hacer con sus personajes. Le acompañan desnudos en los que rara vez hay una sonrisa e imágenes de esquinas de la ciudad poco iluminadas, al amanecer o al anochecer, inquietantes y misteriosas.
La galería Spectrum
En aquella Barcelona encontró también la galería Spectrum, rara avis porque solo se dedicaba a fotografía y en la que exponían jóvenes autores como Toni Catany o Joan Fontcuberta. Rivas defendió desde aquella plataforma, y después como profesor, que la fotografía debía ser considerada un arte y no una técnica marginal, como ocurría entonces. «Empezó a ejercer su maestría e influencia en fotógrafos españoles», subrayó Benlloch. Así hasta los años noventa, «su mejor etapa», en la que fue distinguido con el Premio Nacional de Fotografía (1997).
La exposición continúa con su obra en color, de tonos tenues, tan delicados que hacen dudar si no estamos ante más blanco y negro. Son imágenes poéticas, melancólicas, en las que muestra más esquinas y fachadas de edificios de Valencia, Martorell, Corrientes, Ámsterdam… Un contraste con la que fue su ocupación durante más de una década, las coloridas campañas publicitarias para marcas como Burberry.
El cierre es para lo que los organizadores han denominado Proyecto de vida, espacio en el que se reflejan sus últimos trabajos, algunos experimentales, como Crucifixiones: composiciones de nueve imágenes en las que fragmentó a mujeres en esa posición.
«El retrato es siempre un autorretrato, es la versión del autor», solía decir el fotógrafo argentino Humberto Rivas. Quizá por eso, hasta hace apenas una decena de años nunca había realizado instantáneas de personas mayores, ni siquiera de sus padres. «Supongo que, inconscientemente, se debe al temor a la muerte». Desde ayer, no la temerá más: enfermo desde hace unos años, Rivas falleció el 7 de noviembre en Barcelona, a los 72 años, apenas 48 horas antes de que la ciudad a donde llegó en 1976 le fuera a otorgar la Medalla de Oro al Mérito Artístico junto a sus colegas catalanes Eugeni Forcano y Joan Guerrero.
Maestro de la fotografía y, como tal, artesano depurado del oficio, era todo lo contrario del cazador de instantes. Lo suyo no tenía nada que ver con la casualidad ni siquiera con la falsa audacia del voyeurismo; era un constructor, un escultor, un arquitecto de imágenes. Trabajaba esencialmente en estudio con cámara de placas y en exteriores lo hacía con la precaución del topógrafo, armado con todo tipo de instrumentos, incluida una brújula.
Pero eso no quiere decir que Rivas pueda acabar siendo clasificado sólo como un realista de rara perfección, porque sus trabajos siempre trascendían la realidad. Sus composiciones, aparentemente simples, buscaban deliberadamente lo extraño para llevar a quien contemplaba su obra a mundos inquietantes.
Su género por excelencia fue el retrato, tanto que de ese ámbito vino su mote profesional, el fotógrafo del silencio, porque en sus fotografías intentaba captar las cualidades interiores de los que se ponían ante su objetivo. Ayudaba a ello la sobriedad y la sencillez con las que las personas estaban expuestas a sus objetivos, retratos siempre sin fondo, con la intención de imponer una idea más que una imagen.
Esa obsesión podría provenir de sus orígenes más técnicos. Nacido en Buenos Aires, en 1937, se preparaba para diseñador gráfico, que compaginaba por correspondencia con estudios de dibujo. Antes de los 20 años, sin embargo, ya había hecho una primera aproximación al campo publicitario, donde a la larga acabaría encaminando su pasión fotográfica. «De la fotografía creativa no se puede vivir», no se cansaba tampoco, sabiamente, de repetir.
La influencia del fotógrafo Anatole Saderman le llevó a buscar nexos entre la imagen estática y el cine. Teoría, sí, pero de eso no se vive. Así que decidió a abrir en 1971 un taller de foto publicitaria (para comer) y una cooperativa (para sus proyectos más creativos). Pero los primeros síntomas del inminente golpe militar le llevaron a pensar en dejar el país con su familia.
La elección, «romántica», fue Barcelona, donde llegó en 1976: «Tres meses después de la muerte de Franco y tres antes del golpe de Estado en mi país». El diseñador América Sánchez, a quien había conocido unos años antes, sirvió de imán.
No le pudo ir mejor a la fotografía española, un poco enredada en una época vanguardista y de experimentación que quizá representaba como nadie en Madrid la revista Nueva lente. En Barcelona, enseguida se convirtió en colega y, de alguna manera, en uno de los cabecillas de un grupo entre los que estaban fotógrafos como Xavier Miserachs, Toni Catany, Joan Fontcuberta y Manel Esclusa, entre otros. «Por vez primera me sentí parte de un grupo con intereses comunes», recordaría años después.
Desde entonces, su obra fue ganando reconocimiento, sí, quizá en silencio, pero con rotundidad, como sus retratos; así lo certifican el Premio Ciudad de Barcelona de Artes Plásticas (1996) y el Nacional de Fotografía (1997).
«En la realidad siempre puede haber alguna cosa de misterio; y debe ser así, porque donde no hay misterio no hay interés. En esa ambigüedad quiero que se mantenga mi obra», defendía para desvincularse del documentalismo en el que se le quería encasillar. Con ese misterio, a 48 horas de un homenaje, se fue.
El fotógrafo Humberto Rivas (Buenos Aires, 1937) siente auténtica debilidad por el retrato. Desde sus inicios, Rivas ha contactado en la calle a todo tipo de personas que, por alguna u otra razón, despertaban su curiosidad creativa y los ha invitado a su estudio para librar con ellos una curiosa batalla entre esencia y apariencia. «Hacer un buen retrato es vencer la guerra que se entabla entre el fotógrafo y el modelo. Todos queremos mostrar una determinada imagen de nosotros mismos, y yo no busco fotografiar al personaje, sino a la persona», afirma. El Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) dedica hasta el 18 de febrero una retrospectiva a Rivas, premio Nacional de Fotografía en 1997.
Humberto Rivas. El fotógrafo del silencio, como se ha titulado la exhibición, reúne 72 fotografías que a decir de su comisario, David Balsells, tratan de ofrecer una síntesis representativa de la producción del autor, que en 1976 escapó de la violencia siniestra de su país natal para afincarse en Barcelona, ciudad donde reside desde entonces. Junto al retrato, el otro pilar de la muestra lo constituye el paisaje, el otro gran tema de Rivas. El deseo de mostrar los efectos del paso del tiempo marca el nexo de unión entre uno y otro. Sea a través de las arrugas que surcan la frente de una anciana o escarbando en la plástica decrepitud de un edificio abandonado. Ambas líneas temáticas están hermanadas por una misma inquietud artística. «Me interesa que las fotografías hablen por sí mismas, que se escuche lo que son. Mi mayor miedo es que una imagen no diga nada», explica. De ahí el título que se ha escogido para la exposición, que remite a la voluntad de autorreferencia con el que el fotógrafo aborda su trabajo.
Si se le pregunta dónde está el origen primero de sus imágenes, Rivas abre mucho los dedos pulgar e índice de su mano derecha para abarcar con ellos la frente y uno de sus ojos: el cerebro y la mirada son la cuna de sus fotografías, que de algún modo siempre nacen del enamoramiento hacia el motivo retratado. «Si no gano yo la batalla sé que la fotografía resultante no me va a gustar. Y eso no tiene nada que ver con que la persona retratada salga guapa. A veces a la gente no le gusta cómo ha quedado en la foto».
Humberto Rivas inició su andadura en el mundo del arte de la mano del dibujo y la pintura. Había conseguido ya hacerse un nombre cuando abandonó los pinceles para dedicarse en exclusiva a la fotografía. Al establecerse en Barcelona, su trabajo se convirtió en un referente para los creadores locales. El fotógrafo, que cuando recibió el Premio Nacional de Fotografía reivindicó la consideración de fotografía como una disciplina artística más, considera que en los 30 años transcurridos desde su llegada han mejorado algunas cosas. Pero queda camino por recorrer. «Hemos avanzado algo, pero mucha gente aún cree que las fotografías las hace un aparato», lamenta.
Rivas, que ha donado al museo barcelonés medio centenar de las imágenes expuestas, trabaja actualmente en un proyecto destinado a consignar los vestigios de la Guerra Civil en Cataluña. Paredes mordidas por la metralla, búnkeres olvidados en paisajes fantasmales, supervivientes de la contienda, son ahora su centro de atención. El museo muestra una parte de este trabajo, esencialmente inédito hasta ahora, que próximamente será objeto de una gran exposición itinerante organizada por la Generalitat. «He estado trabajando cuatro años en este proyecto, y todavía va a crecer un poco más. Hay lugares en los que parece como si la guerra hubiera acabado ayer», constata Rivas, agradecido por conservar «la capacidad de disfrutar» del arte al que ha consagrado su vida.
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